Con que estando solo –dicen algunos-, no llegaría a ninguna parte; con que lo mío son simples insinuaciones, ilusiones, deseos, bosq...
Con que
estando solo –dicen algunos-, no llegaría a ninguna parte; con que lo
mío son simples insinuaciones, ilusiones, deseos, bosquejos en la arena,
pero nada más. Con que la realidad es muy distinta y yo patino en medio
de mis fantasías.
Con
todo el respeto que le tengo a mis hermanos y no hermanos, preguntaría:
¿los demás, refugiados en sus Bunkers políticos hacia qué apuntan;
desde qué filtro observan el accionar del tiempo?
Si no me equivoco, para dentro de cincuenta años a lo sumo, a ese ritmo, no habrá más instituciones en pie, ni quien las ocupe. A
los turistas se les explicará que aquí, al igual que en Polonia y otras
naciones, existió una poderosa comunidad armenia, sobrevivientes del
genocidio que fue devorada por el extranjerismo.
Espero no ofender la susceptibilidad de nadie al decir: “Salvo
algo de desahogo psicológico, no se logra nada saliendo a protestar con
pancartas y banderas los 24 de abril frente a las embajadas del Estado
turco en todo el mundo.” Para mí, una protesta,
con razón o sin ella, es una agresión disimulada, lo mismo que la
acusación. ¿Qué resolvimos hasta ahora concentrando a nuestra juventud
frente a la Embajada de Azerbaiyán? ¿Decir que aquí estamos, lejos bien
lejos de sus talones de Aquiles…? ¿Acaso con ello se logró alguna vez
sensibilizar en todos esos años a esos ilustres señores con cara de
cartón prensado, a mirarse por dentro…?
No
sé, a mí se me hace que nuestro exhibicionismo embebido de pasión no
resuelve nada, como que le faltara algo; un apéndice, por ejemplo.
Me
viene a la memoria las palabras del escritor y político azerí, diciendo
algo parecido, refiriéndose a Karabaj y la actitud de Aliev: “Azerbaiyán – decía él -
no debería amenazar a la población armenia de Karabaj, más bien
ofrecerles una imagen de cordialidad y de hermandad para ganar su
aprobación, que se imaginen que compartir un mismo suelo con los azerís
es posible. Lo fue antes, por qué no ahora”.
Tal
vez la solución sea comenzar poniendo paños fríos contra nuestras
cicatrices, incluso contra las de ellos, turcos y azeríes, porque los
armenios que se defendían con uñas y dientes, tampoco fueron santos que
digamos.
Turquía
bien o mal está donde está y ya nadie podría removerla de su
asentamiento salvo una hábil diplomacia. Tendremos que lograr atraerla a
la mesa de conversación y, recién desde allí plantear lo nuestro,
tomando en cuenta el proverbio árabe: “No seas duro que te puedan romper, ni blando que te puedan exprimir”
Aquellos
reclamos que más les duela a Turquía, guardarlos provisoriamente bajo
paraguas; por ejemplo: Los territorios armenios usurpados, el
negacionismo y las propiedades y reliquias religiosas armenias.
Que
nosotros, los ocho millones de armenios de la diáspora, diseminados por
el mundo, estaríamos dispuestos a unir nuestro poder y nuestro
intelecto en bien de Turquía y una alianza entre armenios y turcos sería
bien vista por los gobernantes de Europa y la comunidad internacional;
sería, si se quiere, un paso significativo hacia la reconciliación.
Tendremos que saber convencer a Turquía que la reincorporación de los armenios, (diáspora turca, según ellos),
a su suelo ancestral, aun bajo bandera turca sería de gran utilidad
para el progreso del Estado turco. Siempre y cuando el terreno esté favorable
y ciertas leyes modificadas. Que a los armenios del mundo que deseen
regresar a sus raíces en Turquía puedan comprar propiedades, poner
industrias y vivir en paz con los mismos derechos de los demás
ciudadanos; que puedan ejercer su fe religiosa libremente, hablar en el
idioma que les parezca sin la oposición de los grupos fanatizados, etc y
etc. Eso, para entablar los primeros contactos. Lo demás; todo lo
demás, que no es
poco, vendría a colación a través del tiempo.
Deberíamos
recordar que el suelo armenio durante su larga historia tuvo varias
denominaciones; una más no cambiaría la esencia de nuestra cuna. Como
que los nombres que nos han sido adjudicados por el extranjerismo;
tampoco.
Si cada uno de nosotros dedicara un 10% de su tiempo en rescatar
de las tinieblas sus propias raíces; para un comienzo, sería
suficiente. Y, si uniéramos todos los comienzos en cadena, la solución
habrá de aparecer milagrosamente por añadidura.
Nada es imposible mientras no hay resignación. “El mismo impulso que cierra las puertas, sin querer abre otras, sólo tenemos que estar alertas” escribí una vez.
Ver
con qué contamos, con quién contamos y cuántos somos. Luego medir
minuciosamente y sin apasionamiento lo que pretendemos rescatar; codo a
codo, sin descartar opinión alguna; ubicarlas en el mismo canasto de las
apreciaciones.
Que
conste que no hablo de ilusión sino de esperanza como insignia a
seguir; a partir de allí, arrancar tras la conquista de la última
escala.
COMMENTS